Los restos del incendio
La resaca del día después de Morante pesa como una losa en un espectáculo de escaso fuste. Roca Rey le corta la oreja a un toro excelente. El toreo de capote de Pablo Aguado, lo mejor de la tarde con abismal diferencia.
Por Álvaro Acevedo / Fotos: Mauricio Berho
Sevilla, viernes, 17 de abril. “No hay billetes”. 6 toros de Domingo Hernández, muy desiguales de presencia y de escaso juego en líneas generales salvo el 5º, que fue excelente. Alejandro Talavante, silencio y silencio; Roca Rey, silencio y oreja; y Pablo Aguado, silencio y vuelta al ruedo tras dos avisos.
Saludó en banderillas Iván García.
Con el tablao de la Maestranza hecho cenizas, había pocas ganas de jaleo la tarde de después del incendio. Tras Morante no se puede torear, ni el mismo día ni al día siguiente. La corrida de Domingo Hernández tampoco estaba ayudando a la causa, y cuando medio lo hacía, enfrente había toreros que parecieran tener un cortijo y treinta corridas de toros firmadas. En realidad no es que lo parezca, es que es así.
Un caso paradigmático es el de Alejandro Talavante. Imposibilitado con el muy rajado primer toro de la tarde, algo más se dejó su segundo, un toro muy bien hecho, acapachado, descubierto, que embistió humillado una docena veces, aunque quizá por exceso de celo volviéndose más de la cuenta a la par de la muleta. No se rompió Talavante con él en esos doce primeros muletazos, puede que porque creyera que era demasiado pronto. Si pensaba hacerlo luego nunca lo sabremos, porque el toro se puso de repente reservón, con la cara entre las manos. Y ahí se acabó la historia.
Por segunda tarde consecutiva Roca Rey tuvo un lote de Puerta del Príncipe y el asunto acabó en una oreja que puede parecer escaso balance, pero según se mire. O sea, hace unos años al segundo le corta una y al quinto las dos con la mitad de esfuerzo que dedicó hoy a sus afanosos trasteos, pero si estando muy por debajo de su mejor nivel sigue echando las tardes para delante, podemos ver el vaso medio lleno.
Su primer toro pareció una cosa -suavón y mansito en los primeros tercios- y luego fue otra, temperamental y serio, con veinte embestidas fuertes. Un toque brusco de los suyos a las primeras de cambio acabó con vuelta de campana del animal, que en cualquier caso no acusó el porrazo. Andrés le aguantó firme y lo toreó ligado y veloz, muy en línea recta, siendo la segunda serie diestra muy lograda, aunque acabara en desarme que sin embargo no impidió que arrancara el pasodoble. Un nuevo hito en la plaza de Sevilla… A partir de ahí, el torero cogió la zurda, se le venció el toro y se mosqueó el torero, que insistió en la violencia de sus cites. La faena, muy a menos, no tuvo ya más historia.
Mejor fue la del quinto, un toro excelente, siempre franco, galopón cuando Andrés lo pasó en pases ligadísimos pero de expulsión, con poco gobierno y muchas voces; pero que redujo su velocidad y se entregó de verdad cuando el torero le apretó en redondo por abajo. Me gustó ese Roca Rey de menos tralla y más sometimiento, pero si aparece antes le corta las dos orejas. La que le dieron supo a bastante poco, para más inri después de una estocada muy defectuosa que escupió el animal.
Desde un punto de vista artístico, lo único relevante de la corrida estuvo en el capote de Pablo Aguado. En los dos toros de Roca Rey dibujó unos quites de primor, el primero por lances sedosos, muy lentos; y el otro, por torerísimos delantales. Y al primero de su lote además lo recibió con lances a la verónica personalísimos, a medio compás, sin forzar el cuerpo, y llevando la embestida con las dos manos a la par, como el que mece a un niño chico. Luego le haría un quite por exquisitas y adormecidas chicuelinas. Se rajó ese toro y fue muy simplón el sexto, pero como en un descuido le echó mano de mala forma y la gente se puso de su parte tras levantarse enrabietado y robarle unos pases meritorios, si el puntillero no lo levanta le hubiese cortado la oreja. Una voltereta a tiempo hace milagros.
Pablo Aguado, frente al sexto de la tarde.